
La búsqueda apasionada de la imago —a través de una difusa renovación estructural y formal del sentido y el significado, cuya plenitud se alcanza en definiciones imprecisas que se expanden en gestos informales, grafías espontáneas y un color sosegado— ha obsesionado a Rigoberto Mena desde que descubrió, con el cambio de siglo, las claves misteriosas de su poética visual, cuando reconoció en la abstracción su único lenguaje para entendernos en este complejo mundo de signos y símbolos. “Mi patria es la abstracción”, se dijo un lejano día, parafraseando a Fernando Pessoa.


